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Suceso de Hombre confiado -El quinto paso

Volvamos con nuestro Hombre, que insuflado de valor aspiró hondo la cuadra y se dispuso a terminar lo que había comenzado. Cuatro pasos atrás confiados en su abstracción, el que dio las monedas venían caminando con la cabeza en su día. Quizás un buen día, por supuesto a la medida de su posibilidad, claro es -dijimos cuatro pasos verdad. En el primero de los cuatro, seguro divisó a ligera sin detenerse a mirar, reaccionó con su pre concepto de cómo son las cosas en la mente a primera vista, no se detuvo en la imagen. Al segundo paso ya tenia su mano izquierda en el bolsillo izquierdo de su pantalón, reacción claramente condicionada por la realidad en la que cree. Dejo caer - en el tercer paso- las monedas en el recipiente-depósito y allí, en el encuentro de lata y metales, despertó de su realidad y vio al mendigo. O mejor dicho vio una de sus extremidades extendidas, símbolo-mano-banderita diciendo: Estoy aquí. Así trabajo. Aquí me traen, este soy. Finalmente, en el cuarto se en...

Suceso de Hombre confiado - El trance.

Arengando al buen pasar una franca respuesta, la lógica dádiva cotidiana entre camino, por esos momentos apurado. Dejó caer tres metales menores al descuido, como quien pasa y deja automático en la costumbre.   En ese trance, abstracción ciudadana. Hombre-urbano sin mirada se dirige, con cabeza de respuestas acotadas, de preguntas en la grilla y de rasposos pensamientos insatisfechos en clonación de odio ante la posible reacción mirada. Pero el salpicar del sonido producido por el contacto de los metales contra el espacio-fondo-tarro lo despertaron del trance en el que estaba y fue entonces cuando vio esa mano torcida, delgada extremidad deforme, perfil de pelos y boca de babas hacia el piso.   Quizo no seguir mirando, pero se supo por aquellos cuatro pasos comprometido.   Ahora mirada de reojo, alguien buscándolo para entregarse al intercambio.   Ansió volver atrás, o simplemente un rápido giro sobre su centro a cualquier dirección y disparar de aquel em...

Función Representativa

Al yugo irreversible de esa mañana se le habían trastornado algunos instantes, como si a los dos en cuestión sobre ella se les hubieran perdido unas piezas del rompecabezas gigantesco que trataban de armar, esto se reluce en falta y miradas de misterio, incierto capitulo no escrito aun en la historia de sus vidas.   Salvador, por supuesto, es quien ha sabido primero perder las partes, confundir los hilos de su marioneta, aunque en el fondo se trata de una tijera imaginaria que hace desaparecer algunos de los movimientos que le dan gracia. Su marioneta ya no mueve el pie derecho, ni gira la cabeza hacia la izquierda. Esto Ilda lo ha captado y aunque en plena función trata de seguir con la obra, no puede reprimir ese malestar y su muñeca comienza a impartir golpes contra su marido de trapo, es que este señor no responde como debiera en su libreto cotidiano. - Anda, anda, anda - le dice y lo empuja hacia adentro.   El público - porque siempre hay un público-, toma con h...

El misterioso Hombrecito del Pedal

Por las mañanas de rutina en Ciudad de Tampa subo al 56, a eso de las siete quince, o si viene lleno, en el de las y treinta y cinco. Si logro arribar al primero de los colectivos mencionados, tengo la posibilidad de observar una escena que me ha llamado profundamente la atención, un singular hecho que se repite necesariamente a unos diez minutos de andar por el recorrido, es la imagen infatigable de un hombrecito viejo, de unos setenta y largos años, bastante venido a menos, que se dirige por la avenida Colón y dobla por Santa Fe,   en el preciso   instante donde Yo, detenido en Santa Fe, gracias a la solícita parada clave en el que arriban y descienden presurosos pasajeros cotidianos,   lo cruzo desde enfrente en el sentido contrario de la calle, aguardando   en el ya semáforo en rojo para doblar por donde exactamente el viene   y lo observo. Viaja en subida, en una locomoción verde-sincia de tres ruedas. Lo conmovedor es el esfuerzo que realiza, en un con...

Álgido Fortunatto

Sobre la sociedad invisible de sus pasos lejanos arde huella encorvada, maliciosa trampa de años y supuestos. Escafandra desluce su corbata ancha, vestigios de un ser-trabajo todavía, empuja su carro por calles errantes de lata. El esfuerzo de sostener los anteojos borrosos, garúa-catarata, rejuntadera en cintas, pedazos de vidrio buscan aun dignificar el tiempo y la vida en él. Algido Fortunato, desempaña sus gafas con un pañuelo gris-marrón-mugre que saca del bolsillo izquierdo del saco agujereado y roído que luce. Con la mano derecha se escurre las babas, mientras sostiene con la otra el repleto carro de cartones, donde además lleva un farol roto en la parte trasera y una escoba vieja, ya sin pelos, amarradita con tiritas de gomas resecas. Bajando por Okenda como quien va hacia el centro comercial, silba una canción de antaño, de la antigua estación, del tren que se va, de aquel amor que inútilmente dejó para olvidar y es todavía costra que de vez en vez sangra joven y se es...