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Suceso de Hombre confiado - El trance.

Arengando al buen pasar una franca respuesta, la lógica dádiva cotidiana entre camino, por esos momentos apurado. Dejó caer tres metales menores al descuido, como quien pasa y deja automático en la costumbre.   En ese trance, abstracción ciudadana. Hombre-urbano sin mirada se dirige, con cabeza de respuestas acotadas, de preguntas en la grilla y de rasposos pensamientos insatisfechos en clonación de odio ante la posible reacción mirada. Pero el salpicar del sonido producido por el contacto de los metales contra el espacio-fondo-tarro lo despertaron del trance en el que estaba y fue entonces cuando vio esa mano torcida, delgada extremidad deforme, perfil de pelos y boca de babas hacia el piso.   Quizo no seguir mirando, pero se supo por aquellos cuatro pasos comprometido.   Ahora mirada de reojo, alguien buscándolo para entregarse al intercambio.   Ansió volver atrás, o simplemente un rápido giro sobre su centro a cualquier dirección y disparar de aquel em...

Función Representativa

Al yugo irreversible de esa mañana se le habían trastornado algunos instantes, como si a los dos en cuestión sobre ella se les hubieran perdido unas piezas del rompecabezas gigantesco que trataban de armar, esto se reluce en falta y miradas de misterio, incierto capitulo no escrito aun en la historia de sus vidas.   Salvador, por supuesto, es quien ha sabido primero perder las partes, confundir los hilos de su marioneta, aunque en el fondo se trata de una tijera imaginaria que hace desaparecer algunos de los movimientos que le dan gracia. Su marioneta ya no mueve el pie derecho, ni gira la cabeza hacia la izquierda. Esto Ilda lo ha captado y aunque en plena función trata de seguir con la obra, no puede reprimir ese malestar y su muñeca comienza a impartir golpes contra su marido de trapo, es que este señor no responde como debiera en su libreto cotidiano. - Anda, anda, anda - le dice y lo empuja hacia adentro.   El público - porque siempre hay un público-, toma con h...

El misterioso Hombrecito del Pedal

Por las mañanas de rutina en Ciudad de Tampa subo al 56, a eso de las siete quince, o si viene lleno, en el de las y treinta y cinco. Si logro arribar al primero de los colectivos mencionados, tengo la posibilidad de observar una escena que me ha llamado profundamente la atención, un singular hecho que se repite necesariamente a unos diez minutos de andar por el recorrido, es la imagen infatigable de un hombrecito viejo, de unos setenta y largos años, bastante venido a menos, que se dirige por la avenida Colón y dobla por Santa Fe,   en el preciso   instante donde Yo, detenido en Santa Fe, gracias a la solícita parada clave en el que arriban y descienden presurosos pasajeros cotidianos,   lo cruzo desde enfrente en el sentido contrario de la calle, aguardando   en el ya semáforo en rojo para doblar por donde exactamente el viene   y lo observo. Viaja en subida, en una locomoción verde-sincia de tres ruedas. Lo conmovedor es el esfuerzo que realiza, en un con...

Álgido Fortunatto

Sobre la sociedad invisible de sus pasos lejanos arde huella encorvada, maliciosa trampa de años y supuestos. Escafandra desluce su corbata ancha, vestigios de un ser-trabajo todavía, empuja su carro por calles errantes de lata. El esfuerzo de sostener los anteojos borrosos, garúa-catarata, rejuntadera en cintas, pedazos de vidrio buscan aun dignificar el tiempo y la vida en él. Algido Fortunato, desempaña sus gafas con un pañuelo gris-marrón-mugre que saca del bolsillo izquierdo del saco agujereado y roído que luce. Con la mano derecha se escurre las babas, mientras sostiene con la otra el repleto carro de cartones, donde además lleva un farol roto en la parte trasera y una escoba vieja, ya sin pelos, amarradita con tiritas de gomas resecas. Bajando por Okenda como quien va hacia el centro comercial, silba una canción de antaño, de la antigua estación, del tren que se va, de aquel amor que inútilmente dejó para olvidar y es todavía costra que de vez en vez sangra joven y se es...

“Anécdota Refractaria en la Grieta” - V

El estrépito final de nuestro placido orden llego cuando bien Muro y Yo ya nos acostumbrábamos a la vida sin presencia humana. Un estruendo insoportable, acompañado de un constante bramido de máquinas amaneció sobre el frente, estallido de vidrios, crujir de la estructura quejándose ante el primer golpe, vibraron los cimientos, los marcos se torcieron de obligación, una a una fueron arrancadas las paredes vecinas por feroces estampidas de acero en concreto, arrasadas, con dolor nos despedimos, luego un bulto dio en Muro y lo desgarro de arriba, desesperada mente aulló , todo fue demasiado confuso, sentí perder  la presencia. …Una  parte concentrada de mi yacía en el piso, en lo que vendría a ser un pedazo de Muro, el polvo cegó lo que podríamos haber visto de nosotros mismos, paso una araña a toda marcha hacia el fondo, solo sé que todo fue un caos, mezcla y destrucción, pulverizaron nuestras existencias y ahora solo queda  el vacío de una futura construcci...

“Anécdota Refractaria en la Grieta” -IV

Pasaron aproximadamente veintitrés giros de la luz y oscuridad, para bien una mañana de entre verano y primavera, cuando los vahos del florecer   verde rescatan en el aire su particularidad de brote continuo, encendiendo las sombras   bajo el sol en el suelo, con rápida expansión en las alturas y anchos perfiles, se escucho un motor en la llegada, pasos resonaron en el vecino corredor de la ventana, seguramente alguien, alguno u otros pertenecientes a la misma especie, dieron por comenzada la tarea, cubriendo las ventana con ventanas con listones de madera. Los pasos se alejaron y dieron por concluida la tarea, se   encendió el motor y el murmullo de la distancia recorrida se llevo sus presencias. La casa volvió a su estado de silencio y quietud, solo que ahora entre penumbras, los normales agentes de la casa , es decir los habitantes no humanos placían en justo cause sus remotas existencias, entre ellos Muro y Yo su Grieta. En la habitación, cuando en las afueras el lum...

“Anécdota Refractaria en la Grieta” -III

Otro día un semejante Alguno, seguramente percatado de mi presencia en Muro por el tibio hombrecito Alguien, intento exterminarme la presencia con objetos, removiendo en la casi totalidad de mi cuerpo externo. Quemo, soplando aire de fuego, escarbo con pica, destruyendo a ambos, Muro se quejo gravemente y dejo caer asiduamente su polvo para entorpecer la tarea del intruso metiche, que nada comprendía de nuestra relación y solo procedía como un Dios dueño y señor de nuestros destinos. Finalmente Alguno cubrió en las partes visibles en donde Yo habitaba en Muro, con un material sintético, muerto, pegajoso, caliente fue al comienzo, luego se fue enfriando y ala vez endureciendo. Por semanas tuve que luchar para no dejar de existir, un ejercito de neutros intentaban obstaculizar el reagrupar de mis composiciones, aunque no tardé en diagramar una inteligente celada hasta desplazar estrepitosamente a Piso los materiales artificiosos utilizados por un tal Alguno (Alguno) Luego del episodio c...